Ayer fue para mí un
día venezolanamente feliz. Al mediodía encontré desodorante de barra. No podía
creer que le daría descanso a la marca de desodorante de bolita que me vi
obligado a usar por primera vez en mi vida (debo “administrar mi victoria”,
pues seguramente lo retomaré en cualquier momento). Al final de la tarde, en
medio de una fenomenal tranca causada por el tiroteo del Eurobuilding, no me
dejé robar el celular por unos motorizados que me golpeaban el vidrio
amenazándome de muerte. Lo viví como una proeza de la cual, pasado el susto,
tendré que sentirme orgulloso, supongo... De vuelta a casa, entré a un
supermercado y, como tocado por la buena fortuna, encontré que había pasta
Capri (tornillitos, mi favorita), y por supuesto no la dejé de llevar aunque
iba sólo por queso… De modo que no puedo quejarme: fue un día lleno de
conquistas, pequeños triunfos y auténticas alegrías. Luego la gente se pregunta
cómo es que Venezuela es uno de los países más felices del mundo… Mi problema
tal vez sea que sólo quiero una vida normal.
lunes, 23 de junio de 2014
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