domingo, 2 de marzo de 2008

Luto portátil

Yo también estuve aquel sábado en Las Mercedes. Estaba buscando un libro, muy cerca del mediodía, acaso minutos antes de que Adriano se instalara en Amazonia Grill (calle Madrid, entre Caroní y New York). Rodé por varias de sus calles, buscando la librería ideal. Me paseé entre aquellos vistosos locales que alguna vez sólo fueron bonitas casas, hasta que di con lo que buscaba. El 12 de enero fue un sábado muy ajetreado y Caracas era una ciudad de trombosis, un coágulo de carros, apenas fluyendo y brillando bajo el sol, tostándose de calor. Me tocó hacer varias diligencias, ignorando cualquier noticia que me sorprendiera y llegué a mi casa cuando ya no había sol, sino un montón de faros rojos, blancos y amarillos. Sintonicé la transmisión televisiva del juego de béisbol del equipo al cual sigo. El encuentro se extendió por quince innings: seis horas de represión de batazos hasta que, finalmente, ganamos. Entonces, mi emoción se empañó por un mensaje de texto de mi amigo Ángel Blanco: “Murió Adriano González León”.
- ¿Cómo que se murió Adriano? –pregunté sin saludar por la bocina del celular.
- Sí, chamo, me lo acaba de decir Andrés. Murió esta tarde. Mañana lo estarán velando en la Vallés. Si quieres…
- ¡Qué vaina vale! Claro, yo te acompaño a la funeraria.

Andrés González, hijo menor de Adriano, es uno de los mejores amigos de Ángel quien, a su vez, es uno de mis más entrañables de la Escuela de Periodismo. Recuerdo que cuando me lo presentó en el León, bar de La Castellana, delante de él me dijo: “Este chamo es hijo de Adriano González León”. Y casi tuve la sensación de conocer al propio Adriano en ese momento, seguramente porque tuve la ilusión de llegar a conocer al padre a través de la cercanía del hijo. De modo que Andrés –estudiante de Letras- es lo más cerca que estuve de conocer en vida al propio escritor. Luego lo vi otras veces en el pasillo de Letras y nos saludamos con afecto.
La noticia me impactó mucho. Recientemente había leído País portátil, su obra maestra –publicada y laureada cuando mi mamá era una niña- y quedé admirado y fascinado por aquel manejo del lenguaje, las voces narrativas y, sobre todo, por esa forma de retratar a un país, una idiosincrasia y una forma históricamente reiterada de ser venezolano. Uno de nuestros mejores escritores y, además, el papá de Andrés. Así, sentía la necesidad de darle el pésame al hijo, a los amigos del escritor y a mí mismo por mi aflicción literaria, individual y única. Quedé con Ángel en llegar sincronizadamente a las cinco y media de la tarde en la funeraria, pero fue imposible porque me retardó la cola dominical de la entrada del estadio universitario, habitual en tiempos de round robin. Apenas llegué, vi un montón de gente vestida de negro y agrupada afuera de las capillas, como una masa oscura y sobrante que no tenía lugar adentro. Llamé a Ángel y me dijo que estaban frente a la funeraria, en la arepera. Colgué el celular al verlo gesticulando y hablando conmigo, crucé la calle y me encontré con él, pregunté por Andrés y señaló con el dedo hacia el joven que estaba parado junto a la mesa blanca del extremo, con una cerveza servida en vaso desechable. Había unos quince amigos de Andrés distribuidos en cuatro mesas pegadas una de otra. Me acerqué y, sin decir nada, le di un ligero golpe en el hombro para que volteara:
- Ricardo –me dijo sonreído- qué bueno que viniste -. Sentí alivio al escucharlo, porque uno a veces ignora si la gente prefiere no verlo a uno en esos momentos.
- Mis condolencias, Andrés. Tú sabes que aquí estamos. ¿Cómo te sientes?
- Bien. Dentro de lo mal, bien.
- Al menos eso lo purga todo ¿no? –dije señalando su vaso, para luego agregar- Es que, al final, la muerte es un despecho…
- Sí, la muerte es un despecho –contestó, como reproduciendo el eco de mis últimas palabras, moviendo su vaso amarillo.
Además de extraordinario poeta y narrador, Adriano fue un gran bebedor. Así que no había otra manera de despedirlo. No en vano todos sus obituarios terminaban diciendo “¡salud!”. Vivió intensamente, disfrutando los placeres de la literatura y de la vida misma: un hombre muy involucrado y comprometido con el país, con la política. Su vida fue una celebración prolongada que casi nadie estaba dispuesto a truncar. Después de todo, la muerte siempre es un hecho.
Al cabo de unos minutos y un par de cervezas melancólicas, unos veinte chamos, vestidos de negro, estaríamos bajando la avenida Los Jabillos en procesión hacia “El templo”, un botiquín chino de la avenida Libertador, quizá algo arrabalero pero adaptado a las posibilidades. Los curtidos manteles blancos sobre los rojos y, en lo alto de una pared, un lastimoso anime rosado sobre el cual podía leerse la siguiente inscripción: “Bienvenidos a mi fiesta. Kelly Long”. Lo paupérrimo tiene su gracia, y puede ser un consuelo delante de la muerte. Lo cierto es que a Andrés no le faltaron amigos ese día. Ángel, siempre que podía, insistía en que le gustaría que cuando muriera lo velaran con alcohol de por medio, también quería ser “un muerto distinto”. Y yo pensaba en el poema de Aquiles Nazoa, “Amor cuando yo muera”.
Gracias a las atenciones de una chinita vestida de amarillo –a la cual decidimos, unánimemente, apodarla como Kelly Long-, me tomé dos tercios. Brindamos muchas veces. En una de esas, un borracho de la barra le gritó a Andrés, alzando el puño: “Señor Adriano, mi sentido pésame”. Todos celebramos aquellas palabras, precariamente moduladas pero sinceras, y volvimos a brindar, siempre en memoria de Adriano González León, el poeta, el novelista, el cuentista, el hombre, el padre.
Ya había cumplido con Andrés pero aún faltaba cumplirme a mí. Me despedí con un abrazo y emprendí la subida, junto a Ángel que quería trasladar su carro al estacionamiento de la funeraria y a Ariana, otra amiga que debía marcharse. A ellos sí les dije que no me iría hasta que no intercambiara algunas palabras con Adriano.
Me detuve en la nave central, donde había un cartelito negro que decía con letras blancas, movibles como de función de cine, el nombre del escritor. Caminé con las manos en los bolsillos y casi sin subir la mirada. Había muchas flores y coronas a los lados pero sólo pude leer una, enviada por el Pen Club. Seguí caminando mecánicamente e ingresé a la sala velatoria. Me acerqué al féretro, sin mirar a nadie.
Nunca me ha gustado ver a los difuntos, metidos en esos elegantes cajones. Sólo lo había hecho una vez, y posiblemente en la misma sala, porque aquella vez era un curioso niño de seis años que acompañaba a su abuela a dar un pésame en la misma funeraria. Pero esta vez me movía Andrés, no ya González, sino Andrés Barazarte.
Lo vi no sin cierto recelo. Estaba nervioso e inefablemente triste, pero pensé en Papá Salvador, que murió inválido, tragándose sus gargajos por no tener escupidera a la mano, y me fui acercando más. Lo miré mejor. Recordé otra vez los versos de Aquiles Nazoa (“Hazte, amada, la sorda cuando algún guelefrito // dictamine, observándome que he quedado igualito”). Aunque no me pareció que estaba igualito, pues todavía rondaba en mi cabeza la imagen de la contraportada de una edición de País portátil del año 1978 que incluye el guión de la película: en el lado derecho, Iván Feo, sonriente, y a la izquierda –siempre en la izquierda- estaba Adriano, barbudo, de brazos cruzados y con el ceño fruncido. Todavía me gusta pensar que aparece insatisfecho por algún tornillo suelto en la adaptación de la novela. Este era otro, sin barba, viejo y sereno, más parecido a la foto de su columna en El Nacional.
Visualicé al doctor y general Epifanio Barazarte, dirigiendo revoluciones en Trujillo. También vi a León Perfecto en el mismo plan. A Ernestina, defraudada y loca. Pensé en Andrés (Barazarte), temeroso y subversivo, valiente y cobarde, recorriendo Caracas en un hediondo autobús. Imaginé a los Barazarte rodeando a la urna. Vi a Venezuela metida en el sudado maletín de un guerrillero, y en el de un caudillo miserable. Reflexioné sobre la permanencia de su obra y creo que lo lamenté, pero se lo agradecí en persona, ya que no en vida. Cómo me hubiera gustado hablar con él, porque ahora sólo parecía un muñeco, muy elegante como seguro no lo era él, con el cabello gris engominado y una expresión hierática. Pensé en mi plan frustrado de enviarle, a través de Andrés (González), alguna crítica -halago- sobre la novela con la insinuación de que me firmara la anteportada del libro. Incluso hurgué la posibilidad de haber sido su alumno en la universidad, de haber nacido antes. Por último, sentí un peso, me sentí como Andresito junto al lecho de su abuelo, con la bolsa de medicinas y la culpa de no haber llegado a tiempo… De pronto, me tocaron el hombro derecho deliberadamente con un vasito de plástico; ya había visto varios vasos ese día…
- Poquito porque vamos a hacer un brindis pequeñito –Era Boris Muñoz, periodista y mi profesor de literatura venezolana, distribuyendo milagrosamente el vino tinto y favoreciéndome con su partición. El vino es Dionisos y Adriano era un fiel discípulo. Es que no era posible velarlo de otra forma. Qué bueno que no murió como Salvador Barazarte, atormentado por los duendes. Qué bueno que murió leyendo la prensa en un bonito restaurant de su zona, conectado con el país, con los placeres, con la lectura. Y, sobre todo, qué bueno que vivió así, entregado a la literatura, al lenguaje, a la palabra, lleno de emoción histórica, pasión literaria e inteligencia pura. Yo quisiera vivir y morir –también escribir- así. A la salud de Adriano, desde el techo de la ballena. Su recuerdo portátil lo podemos llevar adonde sea.

martes, 5 de febrero de 2008

Del 23-E al 4-F

La historiografía es una fascinación del venezolano promedio, aunque el otro venezolano que está a décimas de ser el promedio no le interesa nada que no tenga que ver consigo mismo. Realmente no me baso en cifras estadísticas, sino en pura observación empírica. Ya decía Uslar Pietri que la cátedra de Historia de Venezuela que se imparte en la educación básica, media y diversificada está basada en hitos puntuales de la guerra de independencia (con Bolívar como protagonista, pareciendo a veces que el siglo XIX acaba prematuramente en 1830), la galería de presidentes del siglo XX y, sobre todo, fechas, fechas y más fechas.

Traigo el tema a colación porque el pasado lunes, supongo que como correspondía, fue celebrado el 4 de febrero o, llamado cariñosamente, el 4F, con el flamante subtítulo de “día de la dignidad”, bautizado, por cierto, como por decreto presidencial. Esta es una de las nuevas fechas gloriosas del país de las efemérides. Por su parte, hace un par de semanas se conmemoró el 23 de enero (23-E), “día de la democracia”, otra tradicional efeméride con cincuenta años de conmemoración. Además de creer firmemente que la heladería 4-D debería registrar el 4 de diciembre como día del helado o algo así, de verdad que no critico que se utilicen las fechas como recordatorios mnemotécnicos para no olvidarnos de nuestra historia –aunque en muchos casos sabemos que tal o cual día es feriado, sólo para asegurarnos de eximirnos de las responsabilidades de rigor- , lo que sí me parece al menos raro es que recordemos el día en que el civilismo se impuso por primera vez en Venezuela y once días más tarde festejemos el día en que, por intereses revolucionarios, una rebelión militar intentó poner fin a la tradición civil comenzada justamente en enero de 1958 mediante un golpe de Estado que, además, falló.

No quisiera caer en más valoraciones porque no me siento capacitado ni es mi intención remover sensibilidades. Además, reconozco la importancia de los hechos del 4 de febrero de 1992 para la historia contemporánea de nuestro país. Sólo quiero llamar la atención sobre nuestra debilidad por las efemérides y sobre la contradicción que supone la remembranza de esas dos fechas que, por si fuera poco, están separadas por tan escasos días.


Lo que sí veo es que, amén de los embates del tiempo, el 23-E se sigue conmemorando nacionalmente como “el día de la democracia”, y entonces me pregunto si el 4-F seguirá siendo “el día de la dignidad” en los gobiernos del futuro. Me gustaría saber qué piensan ustedes…

domingo, 3 de febrero de 2008

Los temerosos del destierro




El 03 de febrero fue conocida por los medios de comunicación la existencia de una misiva firmada por intelectuales colombianos y venezolanos, encabezados por García Márquez y Ramón J. Velásquez, que claman por la paz entre los países hermanos. La noticia me da la gratificante sensación de que existen luces en el camino y me recuerda, además, la importancia de la inteligencia y de la cultura en el mundo. En momentos de tanta tensión es necesaria la voz de la lucidez, esa que brilla en la oscuridad como una luciérnaga esperanzada. Sólo resta esperar que la luciérnaga sea vista y escuchada por quienes la deben ver y escuchar con atención: “Los principios y valores que compartimos no nos permiten permanecer indiferentes ante cualquier pronunciamiento oficial que suscite hostilidad y distancia donde siempre hubo y deben prevalecer amistad y acercamiento”.

Venezuela y Colombia necesitan tener concordia entre sí. Parece inadmisible que dos naciones, históricamente enlazadas, estén en un estado de tirantez por razones que obedecen, meramente, a las posturas individuales de ambos mandatarios frente a la política estadounidense y a la guerrilla colombiana, pues, estimo, no hay otras causas para el conflicto.

Los pueblos rara vez desean confrontaciones bélicas. En cambio, preferimos garantías ciudadanas, calidad de vida y soluciones pacíficas fundadas en el respeto y en el diálogo. La guerra es la ilusión de los grandes jefes y estrategas, o sea, de quienes disfrutan jugar con la muerte y la sangre de otros. ¡Ay de las masas nacionalistas, seguras de morir por la Patria y la felicidad! A la intelectualidad, merecedora de ocupar un sitio en la élite, pero portadora, al mismo tiempo, de un sentido de responsabilidad pública, le compete elevar su voz, proyectar la racionalidad y también la emocionalidad histórica, en aras de la paz individual y ciudadana, en aras de la propia vida, riesgosa y fascinante en sí misma.

De modo que aplaudo los resquicios de sensatez que quedan en el alma nacional. No me cansaré de hacerlo porque en la cultura está la quintaesencia de la humanidad, y en sus luchadores el deber de preservarla y alejarla de los infames destinos y designios anhelados por la demagogia y la indolencia.

En Colombia y Venezuela hay un mismo sol, soñado por los humanistas, escrito, dibujado y pensado por los eternos temerosos del destierro.

domingo, 20 de enero de 2008

La (media) hora del cambio

Pido al Departamento de Estado de la Casa Blanca permiso para disentir acerca de la opinión de mis camaradas fascistas sobre el cambio de hora legal en Venezuela. Debo confesar que casi salto la talanquera –¿a quién se le habrá ocurrido poner una talanquera en medio del país?, ¿qué tan alta será?- porque creo que ya se le está empezando a dar soluciones estructurales a las cosas. La nueva es la hora del cambio.

Yo estoy de acuerdo con el Presidente cuando dice que el nuevo huso horario va a beneficiar al pueblo (claro, depende del buen huso y haprovachamiento que le demos). Los niños van a dormir más. Los adultos no porque algunos no fueron a votar el 2 de diciembre y justos pagan por pecadores. Pero nos queda el consuelo de ser media hora más jóvenes.

Ahora los niños tendrán sol desde que salen de sus casas rumbo a la escuela (los adultos no, por traidores). Contrariamente a los comentarios golpistas, yo sí creo que con la nueva hora legal, los venezolanos podremos aprovechar mejor la energía solar, al menos hasta las 05:00 PM, cuando llega la oscurana y los malandros comienzan a trabajar (al que atardece también Dios lo ayuda). El actual horario nos ayudará a combatir a la inseguridad mediática, puesto que tenemos media hora más para huirle aceleradamente, con taquicardia y otras compañías.

Los más desprotegidos sentirán los beneficios de la nueva hora legal. Los niños de la Patria, por ejemplo, se acostarán menos tarde en el suelo frío –no necesitarán cenar- y se levantarán cuando el sol les pegue en la cara bien temprano, para ponerse a trabajar porque ellos no tienen escuela a la cual llegar con sol. Serán más felices y quizá pasen menos hambre, pues tal vez se alteren las horas de comida hasta desaparecer.

Me duele decirlo pero la oposición está ciega. No quiere entender que ahora tendremos media hora más para hacer nuestras colas por una bolsa de leche. Y además van a ser a plena luz del día (o con la “pepa e´sol” en la cabeza). Lo mismo ocurrirá con el huevo y el azúcar. Creo que así se le hace frente al desabastecimiento, ganando tiempo para que, cuando menos, los días se acaben primero que las colas.

Viéndolo bien, incluso perderemos kilos –a quienes no nos faltan- porque sudaremos más para llegar a nuestros lugares de trabajo –quienes trabajamos, y en un lugar-. Llegaremos empegostados, sí, pero habremos quemado quién sabe cuántas calorías. ¡Ah!, pero la oligarquía, empecinada en la desestabilización, nunca ve las cosas buenas de la revolución.

Por si fuera poco, operará un cambio en el sistema geopolítico. Ya no tenemos la misma hora que nadie, lo que nos hace un país más fuerte frente al mundo y sus imperios, único, auténtico y más nacionalista. Esta es la hora de la independencia horaria contra el hegemón. Miami y Caracas se han divorciado, temporalmente

Pobre de la revolución que no desbarate todo lo que está y no cree cosas nuevas, así sea sólo cambiándole el nombre a las viejas, o atrasando minuteros… Casi fui cautivado por esta política de Estado tan esperada y fundamental, pero en el camino me pareció que, en aras de mejorar la educación, la salud y la seguridad ciudadana, hubiera sido más productivo y feliz retrasar una hora completa, y eso que poco sé de solsticios y equinoccios. Lo otro es que le temo a las represalias del Comando de la Resistencia y Un Nuevo Tiempo, no vaya a ser que me tasconeen.

(escrito en Diciembre, 2007)

El bolivarianismo y sus herejes

La fe no es un asunto baladí para la humanidad. El hombre busca permanentemente certezas y, como no hay cosa gratuita, la forma menos científica de procurarlas es trocándolas por incorruptible lealtad y ciego fervor. Ante el resquebrajamiento de la tradición grecorromana y del judeocristianismo, otras corrientes de la modernidad han venido a ocupar ese vacío histórico, para erigirse como nuevas religiones y nuevos dioses. Verbigracia, el marxismo, sobreviviente mitificado de los embates del tiempo.

La idea hobbesiana de la religión como instrumento de cohesión social se sostiene por sí misma: religar es unir. La religión se fundamenta en la fe, elemento vital de la condición humana y social. De acuerdo con la Real Academia Española, fe es creencia y fidelidad, un conjunto de lealtades y adhesiones con respecto a preceptos inviolables, insustituibles e indiscutibles, retransmitidos dogmáticamente, fundados en lo doctrinario y en lo sagrado, ideas a las que no se les puede ser infiel.

La revolución venezolana ha tomado ideas del marxismo para la construcción de un discurso de reivindicación proletaria, lucha de clases y transformación de los modos de producción pero, sobre todo, ha tomado del marxismo su esencia religionaria, cristalizada -tropicalmente- en un símbolo autóctono: Bolívar, el máximo héroe de la épica independentista latinoamericana, el hombre que sacrificó su vida propia por la libertad colectiva, el arquetipo del mártir, visionario y profético, elegido por la Providencia para la redención del otro, para ser salvador de su pueblo y traicionado por la ignorancia popular, para luego ser sujeto de idolatrías y veneraciones póstumas. Miembro de un grupo de hombres que, quizá sin proponérselo, se convierten en mitos y objetos de fe: se endiosan. De modo casi análogo, como Cristo y Mahoma, Bolívar es el símbolo del bolivarianismo, doctrina esencial del proyecto político del actual gobierno venezolano. No es gratuito que el discurso revolucionario sitúe a Cristo y a Bolívar en un mismo plano, unidos por los valores comunes de amor y solidaridad. El presidente, entonces, viene a fungir, simbólicamente, del enviado mesiánico (probablemente del Padre Libertador) que ha llegado al poder con la elevada misión de predicar el bolivarianismo y darle forma en el marco del socialismo del siglo XXI, es decir, de continuar la tarea que Bolívar dejara inconclusa en el siglo XIX.

El sentido doctrinario no puede tener complemento más compatible que la disciplina –militar– y, consecuentemente, el miedo. Fe y rigor son las formas con que los fieles pagan la resolución de sus dudas y el sosiego de sus almas. La doctrina religiosa no permite medias tintas; el bolivarianismo contemporáneo tampoco. En el medioevo, cuando la Iglesia ostentó su máxima cuota de poder político, el destino de un crítico de la fe católica no podía ser otro que el de arder en las castradoras llamas del bien, morir en la hoguera. Era simplemente un “hereje”, un equivocado, un traidor descarrilado e inconveniente. La hoguera de hoy es un fusilamiento metafórico y una decapitación alegórica representada en la descalificación pública, el bloqueo y la exclusión. Actualmente, el destino del hereje es la muerte figurada, su desaparición forzosa y la satanización. Para la Revolución bolivariana, hereje es todo correligionario que disiente. De ahí que todo el que critica, desde adentro, las prácticas y métodos revolucionarios, se enfrenta al terror, elemento fundamental de religiones (Inquisición) y revoluciones (Robespierre). Un feligrés no puede poner en cuestionamiento la palabra del profeta; debe siempre asentir y nunca disentir. En el bolivarianismo del siglo XXI, como en toda religión, las ideas y parábolas deben ser aceptadas, no hay cabida para la contraargumentación.

El diputado Ismael García y el general Raúl Baduel son dos ejemplos recientes y paradigmáticos de la herejía contrabolivariana. Ambos han sido excomulgados por el propio jefe de Estado y llevados a la hoguera con el objeto, también, de que la militancia (o feligresía, da lo mismo) vea lo que ocurre con los osados que contradicen la palabra sagrada y, así, no se le ocurra a nadie imitarlos, ni defenderlos. Una evidencia flagrante de que la idea de fusilamiento pervive en la Quinta República es lo ocurrido en días recientes, cuando frente al líder, al calor del Poliedro de Caracas, la masa enardecida clamaba un grito de guerra: “Baduel, traidor, te sale paredón”. Desde un punto de vista crítico, es prácticamente incomprensible que un hombre con suficientes muestras de lealtad ideológica pase, en cuestión de horas, de héroe revolucionario a traidor, pero desde el punto de vista religioso, es perfectamente comprensible puesto que la traición es sinónimo automático de disenso, y eso es indisciplina, irreverencia y condenable herejía. Si la propuesta del líder es una reforma constitucional, sus seguidores no pueden sino aceptarla y celebrarla. Opinar que esa dirección es errónea es, consecuentemente, una bofetada al padre y una puñalada en la espalda a la Patria.

Ismael García y sus compañeros de partido fueron inmediatamente (des)calificados como “oposición” desde el momento en que manifestaron su desacuerdo con la tesis del partido único. A partir de allí, Podemos es automáticamente –y ahí va la descalificación inmediata- un partido contrarrevolucionario, defensor de los intereses de la oligarquía y del imperialismo estadounidense. En general, las intervenciones de Ismael García ya no son realmente escuchadas por el resto de los diputados. Se le concede su derecho de palabra pero cuando culmina no se oyen los aplausos que suceden a otras intervenciones y, por el contrario, se oyen risas de burla y la voz de Cilia Flores para reiterar que el diputado “ahora” defiende otros intereses, “ahora” es de oposición, “ahora” es un enemigo.

Las religiones son totalitarias en tanto que se basan en dogmas predicados por un líder absoluto, sujeto de temor y adulación. En ese sentido, el bolivarianismo –no las ideas de Bolívar, sino su endiosamiento doctrinario- es religioso y, a la vez, totalitario. El bolivarianismo de la revolución venezolana, heredero del marxismo, es por un lado, un hombre (un embajador de la santa palabra), y por otro, la fe en ese hombre, sobrenatural dueño de la verdad.