
El 03 de febrero fue conocida por los medios de comunicación la existencia de una misiva firmada por intelectuales colombianos y venezolanos, encabezados por García Márquez y Ramón J. Velásquez, que claman por la paz entre los países hermanos. La noticia me da la gratificante sensación de que existen luces en el camino y me recuerda, además, la importancia de la inteligencia y de la cultura en el mundo. En momentos de tanta tensión es necesaria la voz de la lucidez, esa que brilla en la oscuridad como una luciérnaga esperanzada. Sólo resta esperar que la luciérnaga sea vista y escuchada por quienes la deben ver y escuchar con atención: “Los principios y valores que compartimos no nos permiten permanecer indiferentes ante cualquier pronunciamiento oficial que suscite hostilidad y distancia donde siempre hubo y deben prevalecer amistad y acercamiento”.
Venezuela y Colombia necesitan tener concordia entre sí. Parece inadmisible que dos naciones, históricamente enlazadas, estén en un estado de tirantez por razones que obedecen, meramente, a las posturas individuales de ambos mandatarios frente a la política estadounidense y a la guerrilla colombiana, pues, estimo, no hay otras causas para el conflicto.
Los pueblos rara vez desean confrontaciones bélicas. En cambio, preferimos garantías ciudadanas, calidad de vida y soluciones pacíficas fundadas en el respeto y en el diálogo. La guerra es la ilusión de los grandes jefes y estrategas, o sea, de quienes disfrutan jugar con la muerte y la sangre de otros. ¡Ay de las masas nacionalistas, seguras de morir por la Patria y la felicidad! A la intelectualidad, merecedora de ocupar un sitio en la élite, pero portadora, al mismo tiempo, de un sentido de responsabilidad pública, le compete elevar su voz, proyectar la racionalidad y también la emocionalidad histórica, en aras de la paz individual y ciudadana, en aras de la propia vida, riesgosa y fascinante en sí misma.
De modo que aplaudo los resquicios de sensatez que quedan en el alma nacional. No me cansaré de hacerlo porque en la cultura está la quintaesencia de la humanidad, y en sus luchadores el deber de preservarla y alejarla de los infames destinos y designios anhelados por la demagogia y la indolencia.
En Colombia y Venezuela hay un mismo sol, soñado por los humanistas, escrito, dibujado y pensado por los eternos temerosos del destierro.
