domingo, 25 de julio de 2010

Sólo para bebedores


Tengo en mi memoria el vivo recuerdo de la vez que, siendo niño, en medio de una fiesta familiar, me acerqué a una botella de cerveza con mucha curiosidad. Aquella botella de cerveza Polar, tipo Pilsen, de un marrón oscuro inconfundible, ejercía sobre mí una fatal atracción. En aquel momento mi padre conversaba con otros mientras dejaba caer su brazo holgadamente –postura que creo haber heredado– y en el extremo de su mano el reluciente vidrio, transpirante, maravilloso, me hacía llamados irresistibles. No sé qué edad tenía pero acerqué mi boca al orificio, sentí ese olor que luego reconocería mil veces en el estadio de béisbol, e intenté beber algo con ayuda de la otra mano. Rápidamente mi padre se percató, lo hizo público, y sentí las miradas y risas de todos mis tíos. No recuerdo si me avergoncé o qué sé yo, pero lo único que lamenté hondamente es que no pude probar aquel líquido que suponía amarillento dado que lo había visto una que otra vez en vasos plásticos.

Pronto logré mi primer trago de cerveza. No tengo recuerdos muy nítidos salvo la amarga y helada impresión que me causó en aquel momento. No podía encontrarle ciencia a ningún deleite en esos términos, o al menos eso creía. Sin embargo, con el pasar de los años pude capitalizar algunos tragos y me hice amigo de mendigar traguitos en reuniones familiares a mis tíos más irresponsables, o a mi papá y mi hermano mayor en el estadio de Barquisimeto, especialmente en los momentos de euforia en que Alexis Infante y Luis Sojo conectaban hits consecutivos y aparecía el batazo largo de algún pelotero importado, o incluso de Robert Pérez. Bueno, la verdad es que en esos momentos más que pedir tragos, sólo era preciso abrir la boca lo más grande que pudiera: alguna gota iba a caer acertadamente. Desde entonces, comencé a disfrutar que el equipo ganara juegos o hiciera muchas carreras –por encima de las entretenidas morisquetas de las mascotas de los equipos visitantes–, no tanto por la gloria del triunfo deportivo, sino por la pequeña gloria de ser bañado en cerveza. Honestamente, nunca he entendido a las personas que se quejan cuando las bañan en cerveza durante los juegos de béisbol. Ya no abro la boca, pero sigo disfrutándolo, al menos un poco.

Pero la primera vez que me tomé una cerveza entera, en realidad me tomé dos. Corría el año 1998, pero todavía no había comenzado el mundial de Francia. Yo tenía once años recién cumplidos y estábamos en sexto de primaria. Once años. De acuerdo con la leyenda familiar, once años tenía mi abuelo cuando dejó de ser el niño abandonado, fumador y bebedor que era antes de tomar el camino recto de la vida –por el que llegó a convertirse en un pediatra ejemplar–. En todo caso, a los once todavía tenía esperanzas de ser un buen hombre, a partir de los doce, claro. El niño que cumplía años se llamaba Damiano y era el amigo más osado que yo tenía. Además, era un donjuancito muy precoz que en los recreos les daba besitos a las niñas y les levantaba la falda, mientras yo me ensuciaba el uniforme cazando ranitas bebés con vasitos de la cantina. Él cumplía doce y su madre compró una caja de cerveza para los amiguitos de Damiano. Me tomé una y la disfruté tremendamente. Era mi primera cerveza completa en la vida. Intuitivamente, sabía que significaba algo importante. Era toda para mí, con toda su gélida amargura, con todo su delicioso olor a fermentación.

Tampoco recuerdo en cuánto tiempo me la tomé, pero eso sí lo atribuyo a que seguramente el etanol comenzó a surtir efecto en mi delicado organismo. De la segunda cerveza tengo aun menos recuerdos, pero sí algo de sus consecuencias. No sé en qué momento exacto empecé a dirigir miradas intensas a una niña que estaba sentada en la sala. Era una vecinita invitada, quizá un poco tímida. No lo sé, pero lo cierto es que pronto empecé a acercarme y decirle cosas y no sé qué propuestas. No logro visualizar las acciones concretas, pero al cabo de muy poco tiempo, ella estaba saliendo por la puerta principal, asustada, sin despedirse de nadie. Y yo salí tras ella. Empezó a acelerar el paso y pronto echó a correr, escapando de un niño loco que la perseguía corriendo. Un violador en potencia, pensaría. Corría despavorida hasta que llegó a su casa y no me dio oportunidades de nada. Creo que ahí detuve mi carrera y volví en mí. No sabía lo que estaba haciendo. Hubiera querido saber qué pasaba si la hubiera alcanzado. No me imagino qué hubiera hecho. Creo que nada. Mi precaria socialización sexual se limitaba a un intento de violación que me hizo una primita a los cuatro años, intento que se consumó de una u otra manera; pero no creo que estuviera pensando en eso. En eso ni en nada. Lo que había conocido tempranamente era el efecto desinhibidor del alcohol en el sistema nervioso central. Lo demás fue vergonzoso. Todavía llorando, la niña volvió a la fiesta con su mamá, quien venía a averiguar lo que pasaba. La mamá de mi amigo, un poco incrédula dada mi intachable conducta, se tuvo que acercar a mí para preguntarme. Damiano me pedía explicaciones riéndose. Hicieron que me disculpara. No tenía más opción y casi de golpe conocí al mismo tiempo el ratón moral. Ignoro si la niña se volvió a instalar en la fiesta. Más nunca la vi. No sé si hoy es una mujer normal, o me debe algún trauma. Siempre quise disculparme de nuevo y quién sabe si ganarle la carrera. La única imagen posterior al suceso que conservo es cuando, en medio de la penumbra y de la panameña sonoridad de algún predecesor del reggaetón, irrumpió en la sala el padrastro de Damiano para llevárselo porque había tomado demasiado y estaba bueno ya. Lo cargó en sus brazos y mi abatido amigo se despidió de todos con los ojos entreabiertos, una sonrisa y los dedos índice y medio de la mano derecha haciendo el emblemático gesto de la paz.

—¿Cuántas se tomó? –alcancé a preguntar.

—Ocho –contestó alguien, y constaté que era mi ídolo.

Aquellas dos cervezas –mis humildes dos– me enseñaron que el alcohol era un placer que también relajaba los preceptos morales. Y aunque no aproveché eso para reintentar sobrepasarme con las niñas, sí reorienté esas fuerzas hacia otros tipos de socialización como la payasería. Con eso, llegué a admitir que el alcohol era divertido, creencia que he reforzado con el paso del tiempo, de algunas fiestas y otras lecturas.

Después de esa experiencia, hubo algunas aisladas y poco significativas. La cosa empezó a tomar cuerpo con la llegada más formal de la adolescencia, y los desgarrados enamoramientos que esa turbulenta edad implica. Nunca olvidaré el despecho que me causó la rebotada de la Beatriz de aquellos años, cuando me dijo –palabras, palabras menos– que me quería como un amigo. Eran los años de la maravillosa, transparente y cristalina aparición de la Polar Ice –mi cerveza preferida hasta que me hice amante de la Solera verde–. Sin embargo, esa terrible tarde me fui con mi amigo Werner a su casa –no podía llegar a la mía–, pero antes de abordar un taxi, pasamos por una licorería y compramos entre los dos, con mucho esfuerzo, una botella de Something Special, para ahogar nuestras penas. Había llegado a doble A. Estaba a las puertas de las grandes ligas, pero ese ascenso no iba a llegar todavía.

Fue inolvidable llorar abrazado a una botella y decir disparates en la madrugada. No llegaba a los catorce, pero ya había experimentado un despecho etílico, como los de la gente grande. Y cómo lo sufrí. Ahí fue cuando entendí que el alcohol también está asociado al dolor.

Los años 2001 y 2002 estuvieron llenos de fiestas de quince años. Mis amigotes y yo siempre lográbamos hacernos de las botellas de Etiqueta Negra. Era de mucha utilidad darles cinco mil bolívares a los mesoneros, pero en varias oportunidades me tocó sacar botellas de whisky, casi enteras, por contrabando en cómodas botellitas plásticas de agua mineral. Había que verterlas con mucho cuidado en lugares oscuros o mientras se bailaba el valse, a escondidas de todos y luego transportarlas hacia la salida envueltas en chaquetas o dentro de carteras aliadas, para ir a bebérnoslas a otro lugar.

Yo sufrí el paro de diciembre de 2002 porque no pude saborear una puta Polar hasta febrero de 2003. Por fortuna conocí la Heineken, la Bud Ice y la Corona, pero luego tuve que aceptar, a dos mil quinientos bolívares, la burla de un guarapo colombiano con pretensiones de cerveza llamado El Águila. Durante esas tristes navidades, nos tocó beber anís Cartujo en la cancha de la urbanización de un amigo –desde la cual, tendidos en el suelo, podíamos ver estrellas fugaces–, y a falta de solvente y por no querer tomarlo puro, un vecino fue a su casa y regresó con papeletas para hacer jugos artificiales. Lo que hicimos fue girar la tapa de la botella, verter todo el polvo dentro, volver a tapar, batir fuertemente y ya teníamos un coctel bastante económico. Nunca había vomitado tanto como hasta ese día detrás de las gradas, un día de los inocentes, por cierto.

Quinto año de secundaria fue el año del ron Superior, que de superior tenía muy poco porque no podía estar por encima de nada en la vida. A éste se unieron, aunque siempre en segundo plano, el Ventarrón, el Coconís y uno que otro Bacardí de muy bajo nivel. Para aquellos años Pampero era un privilegio y Cacique un lujo extraordinario. Con esfuerzo, arañando nuestras mesadas, podíamos llegar eventualmente a un buen Santa Teresa. Quinto año fue el año de los excesos diarios, de las mezclas de esos elíxires. Fue el año en que me fui un día a la playa con tres amigos, y cada uno llevaba una caja de Polar Ice para sí. Todavía recuerdo la molesta sensación del oleaje cuando se está intoxicado. Quinto año fue el año en que llegué ebrio a una clase, el mismo en que llegué ebrio, y con cerveza en mano, al punto de partida de una excursión de Ciencias de la tierra y no me permitieron abordar el autobús por mi estado.

En Caracas aprendí a valorar el vodka, pero seguí tomando cerveza. Conocí los tobos, conocí el tercio y esa manera un poco rara de echarle limón a la cerveza que tienen en la gran ciudad, pero ya yo había probado un empalagoso experimento llamado Vox y no quería repetir una experiencia como esa en mi vida. Aprendí a degustar Chivas Regal y Old Parr, pero me volví fanático de la Solera verde, sólo comparable en Venezuela a la tradicional cerveza –llamada Kr o con plomo en alusión a las modalidades paupérrimas– y a la que producen en la Colonia Tovar. Nunca me ha gustado la Brahma Chope, ni la Light. No me gusta la Regional en ninguna de sus modalidades. A pesar de su extraño sabor a manzana, llegué a admitir una edición especial llamada Regional X, pero fue desterrada del mercado pronto. Mi lealtad a Polar es una cuestión sagrada.

Yo que leo en la Ilíada a esos griegos libando sabroso vino casi por cualquier motivo, y el vino que empieza a (re)cobrar auge en Caracas, o en mi vida. Se puso de moda o no sé qué, pero empecé a darle un valor inusitado al derivado del fruto de la vid, al vino tinto siempre por encima del blanco y cualquier espumante. Renegué un poco de mi pasado, o al menos juré que nunca más tomaría Superior, Carta Roja, o alguno de esos brebajes lavagallos. Le agarré cariño al vino por su bouquet, por sus sabores, por sus finales y consistencias. Lo quise mucho hasta que luego de una deliciosa velada, amanecí con el dolor de cabeza más infame que he padecido alguna vez. La resaca se prolongó hasta la noche e implicó tres vómitos con arcadas tan profundas que me reventaron algunos vasos sanguíneos alrededor de los ojos.

Por eso, dado que la resaca no puede ser sino una forma vil que tienen los otros dioses para castigar al bueno de Dionisos, en lugar del vino, prefiero las exquisiteces salidas del ágave, léase tequila y cocuy larense, magníficas aguas ardientes que tienen la maravillosa ventaja –el cocuy más que el tequila, siempre que sea artesanal– de no generar eso que no sé bien por qué se llama ratón.

Aquí en Caracas es donde he crecido espiritual y etílicamente. Creo firmemente que algunos licores son como la buena literatura: amargos y difíciles, pero valiosos en sí mismos. Hay que refinar el gusto para encontrar el valor en elíxires distintos, pero para mí la cerveza seguirá siendo igualmente valiosa, por su sabor; por su vocación refrescante y seguramente también por eso que llaman tradición. ¿Por qué bebemos? Acaso porque además de conectarnos con el agua y el fuego a la vez –por eso lo de aguardiente–, hace falta sentir esos sabores en la boca y relajar los preceptos morales, subir la voz de vez en cuando, reírse un poco más de sí mismo y de los demás, trasladarse a otro plano y, si no hay opción, pagar las consecuencias al día siguiente.

Pero de todo, lo que más me emociona es estar en el estadio, mirar el piso inmundo, sucio de cáscaras de maní, con chapas incrustadas, y escuchar el melodioso pregón. Polarr, Polarr, Polarrrrrr.



Publicado en Relectura: http://www.relectura.org/cms/content/view/800/43/

jueves, 29 de abril de 2010

Accidental

Ayer me pasó algo que a uno le debe pasar algo así como una vez en la vida. Por eso siento que tengo que escribirlo y retratarlo de alguna manera, atraparlo en el tiempo.
Mientras yo salía de la oficina, una muchacha salía de asistir a una conferencia que se dictaba en el auditorio que queda en mi lugar de trabajo. Así, circunstancialmente, pasaba cuando se cruzó conmigo. Se me quedó mirando sin que yo alcanzara a percatarme y me señaló: "Tú estudiaste en el colegio Independencia de Barquisimeto", y siguió su camino entre la multitud que la arrastraba, mientras yo, algo perplejo, asentía con el temor de no entender jamás la situación.
Por fortuna, me pudo abordar a la salida mientras esperaba el transporte con mis compañeros. Se me acercó y me dijo que ella tenía muy buena memoria, y que se acordaba de mí por un ensayito q escribí en 8vo grado.
-Se llamaba América para todos –sentenció haciéndome viajar en el tiempo- ¿te acuerdas?
Claro que me acordaba. Era un pequeño texto antiimperialista que había escrito bajo la influencia de las corrientes ñángara que me alienaban para entonces. Pero no podía creer que gracias a ese escrito aparentemente intrascendente, diez años después estuviera viviendo ese instante tan accidental, tan raro... La verdad, me maravilló su memoria. Cuántas veces no he sido yo el único que se acuerda de cosas, lugares y personas "aparentemente intrascendentes"...

Corrupción y supervivencia

Luego de echar gasolina cerca de las 9:00 pm me dirigía a mi casa en Santa Mónica. Sonaba una canción de Yordano en el reproductor cuando llegué al portón. Me bajé a abrir y me volví a montar. Entré, apagué el carro, metí el tranca-palanca y estaba recogiendo mis cosas con la puerta entreabierta en el momento en que llegaron dos jóvenes con “buena presencia” –como se dice en los clasificados- instándome a cooperar, pistola de por medio:

-Bájate tranquilito. No subas las manos.

Mientras los veía saliendo silenciosamente, sólo pensaba en lo inverosímil que parecía que me robaran el carro por segunda vez en diez meses. Pero al cabo de 15 minutos, también en contra de las probabilidades, ya nos habían indicado por teléfono que el vehículo estaría frente a la Plaza O´Leary. Poco después de las 10:00 pm me fui en una patrulla con tres policías y lo rescatamos. De regreso a la jefatura, me encontré a mi hermano hablando con un inspector parecido al Ño Pernalete de Doña Bárbara, que planteaba dos alternativas: o formulábamos la denuncia y dejábamos el vehículo a merced del Ministerio Público, o “colaborábamos” con ellos y nos lo llevábamos esa misma noche.

-Usted comprenderá que no tenemos mucho dinero… -le dije- ¿300 está bien?

-Lo que ustedes puedan, pero con 300 el jefe –siempre hay un jefe imaginario- me va a dar una patada por el culo –dijo el inspector con toda elegancia.

-Les dejamos 300 ahora y mañana le damos 700 para llegar a 1000 –saltó mi hermano ya obstinado-, y así no nos exponemos a sacar plata en telecajeros a esta hora…

-No, pero si para eso estamos nosotros… ¡Los escoltamos!

Y así fue. Nos custodió un policía en los tres cajeros que tuvimos que visitar para completar los 700 restantes y, una vez entregados, pudimos llevar el carro de vuelta a casa.

Como es evidente, en este cuento no hay moralejas ni lecciones de ética, pero sí hay cosas qué apuntar. Algún sensato lector bien podría criticar cualquier cooperación con la corrupción. Sin embargo, creo justo señalar que este tipo de corrupción es el indicio de un problema mayor. Considerando algunos testimonios, incluido el de un conocido que en un año no ha podido sacar su carro de Fiscalía, uno tiene la certeza de que los carros que allí entran no sólo tardan mucho en salir, sino que son desvalijados por las mismas autoridades.

Hay una crisis ética de la que el ciudadano parece prácticamente obligado a formar parte. Hacer las cosas bien -además de parecer un acto pedante, como ironiza Cabrujas- puede suponer ir en contra de sí mismo. La indefensión de un ciudadano lo obliga a preferir saltar las reglas conjuntamente con el Estado. La situación no admite ligerezas, pues detrás de todo hay una grave insatisfacción de los funcionarios públicos que pasa por una falla vocacional y, desde luego, por la insuficiencia de los salarios; todo lo cual conduce a que el oficial, en lugar de dedicarse a la ciudadanía, viva constantemente tras un “rebusque”, ya sea matraqueando, desarmando vehículos para vender las piezas o hasta pactando con el hampa.

De mi parte, el carro está oculto en un garaje. Huyo de los ladrones, de los policías y acaso termine huyendo de mí mismo.

El estigma del “volteado”

Hoy me habría gustado hablar de otra cosa, pero no puedo. Ayer en la mañana, revisando la prensa, me topé con una entrevista que le hiciera Vladimir Villegas al llamado “ideólogo del socialismo del siglo XXI”, Heinz Dieterich, en la que le preguntaba por el caso de Henri Falcón, entre otras interesantísimas cosas que comentaríamos si tuviéramos más espacio. Al momento hice una asociación entre estos tres personajes: ¿Qué tienen en común? Que los tres apoyaron a Chávez y hoy mantienen alguna distancia. “Son tres volteados”, pensé automáticamente, e inmediatamente me lo recriminé, pues no debe ser normal que asumir opiniones disonantes signifique “volteársele” a algo o, peor aún, a alguien.

Hace una semana, con su uniforme militar, el presidente no tuvo empacho en decir estas palabras: “los que están con Falcón están contra Chávez y los que están con Chávez están con Chávez…, no hay lugar para medias tintas”. Antier, durante un acto realizado ante 20mil personas en el domo bolivariano de Barquisimeto –incluido corte deliberado de luz eléctrica-, Henri Falcón envió otro mensaje: “Señor Presidente, le tenemos mucho respeto, pero eso no niega la posibilidad de la crítica”. Aunque Dieterich califica la decisión de Falcón como “un acto de civismo y valor”, ayer el jefe de Estado, durante su alocución dominical, insistió en llevar a la hoguera al gobernador de Lara: "No me respete, gobernador, que usted no se respeta a usted mismo. Usted es un traidor, gobernador. Un traidor más que va a desaparecer por el camino de los traidores". No conforme con formularle esa extraña petición de irrespeto y pronosticar el destino político del líder regional, el presidente decidió revelar -ahora sí- que tenía pruebas de que el 11 de abril de 2002 Falcón respaldó a Carmona Estanga. "Yo siempre he sabido que era un traidor. Como Cristo sabía quién era Judas", dijo el preclaro mandatario. Lo primero que llama la atención es que, sabiendo ese detalle, el presidente lo siguiera apoyando en 2004 y 2008 nuevamente. Pero si vamos más allá, habría que alarmarse ante el solo hecho de que somos gobernados por un (súper)hombre que se compara permanentemente con la figura de un mártir elegido y tocado por la divinidad, que hace milagros, aglutina masas, porta la verdad –la encarna- y se rodea de unos apóstoles de quienes no espera sino lealtad irrestricta.

La pregunta de fondo es: ¿cómo se construye socialismo con base en el personalismo siendo éstas dos concepciones antagónicas?, ¿cómo se construye un país bajo el abrigo de un dogma dentro del cual todo disentimiento frente a un líder reconocido como “único”, “indiscutible” e “irreemplazable”, es tratado como a Juana de Arco o Galileo Galilei y donde, como el propio presidente dice, “no hay lugar para medias tintas”? Sin diálogo, ni autocrítica es imposible dar solución a problemas plurales.
Erosionar la estructura polarizada y sectaria sobre la que se monta la mayor parte del aparato gubernamental y comunicacional del país es, además de una necesidad, la gran responsabilidad que tenemos: cuestionar por qué nos venden héroes y antihéroes como barajitas de álbum, por qué tenemos que hablar de traidores, desertores y volteados; preguntarnos, por ejemplo, quién puso la talanquera, de qué sirve y a quién divide. Dejar de señalar “volteados” y evitar la verbalización del estigma podría ser un buen inicio.

miércoles, 10 de marzo de 2010

De cartas, gorras y partidos


Hace un par de días, una amiga me imprimió un artículo que debía leer para ayudar a otro amigo nuestro, que trabaja en una institución pública, a decidir si se lo enviaba o no a su jefa: era “La carta extraviada de Henri Falcón”, publicado en Aporrea por el profesor Erik Del Bufalo, quien no es, por cierto, un lacayo del imperio.
No pocos venezolanos avizorábamos la probabilidad inminente de la renuncia de Falcón al Psuv. Desde hace un buen tiempo, se ha distinguido del resto por unas cuantas sutilezas que pasan, desde luego, por el terreno de los símbolos y los detalles. Quizá por afinidades inevitables, siempre he mirado con atención las gorras de Cardenales que el ex alcalde de mi ciudad natal -y ahora gobernador de Lara- exhibe en donde debería haber, según la lógica totalitaria, una gorra alusiva al partido de gobierno, una boina, o nada. Siempre me ha causado curiosidad que el hombre no hable de “patria, socialismo o muerte”, sino, sospechosamente, de “revolución eficiente” e “inclusión sin exclusión”. Por eso, leer eso de “socialismo ético y productivo”, en su carta abierta al presidente, no me impresiona del todo. Falcón ha combinado su habilidad política con una honestidad dosificada que, a mi parecer, dará buenos resultados. Tal vez podamos comprender ahora cómo es que, siendo despedido del Psuv, aceptó ser reenganchado un poco antes de las elecciones regionales. Si para entonces estaba prohibido correr riesgos, hoy el escenario es distinto: el líder regional más importante del país ha decidido renunciar al partido predilecto de Chávez y militar en Patria Para Todos, una jugada muy inteligente, por tratarse de otra tolda vinculada al llamado “proceso revolucionario”.

Con mucha agudeza, el texto de Del Bufalo trae a colación la maravillosa reacción de Cilia Flores (“¿Es que acaso Henri cree que brilla con luz propia?”), una verdadera “filípica de la mediocridad”, a decir del profesor. De eso se trata; aquí hay sólo una estrella, y cualquier amago de resplandor –es decir, sensatez o eficiencia- equivale a traición. A este propósito, cita los valores fundamentales que Mario Silva intenta sembrar en un revolucionario (“fidelidad”, “lealtad”, “que no muerda la mano que le da de comer”), “atributos que lo mismo pueden atribuirse al hombre nuevo que al perro faldero”.
Si de un lado, quienes no lo comparan con Arias Cárdenas, ven el nacimiento del nuevo líder de Un Nuevo Tiempo, del otro lado no han ahorrado energías para señalar la determinación de Falcón como una “traición anunciada”. ¿No podría ser, por ejemplo, la decisión sensata de un hombre de izquierda que no comulga con el “clientelismo” y el “grupalismo” del partido de gobierno? ¿No podría tratarse, simplemente, de un cuestionamiento sincero que hace un gobernador sobre la manera en que se tejen las relaciones entre el Ejecutivo nacional y el regional, limitadas a “la emisión de instrucciones” sin oportunidad de diálogo?
¿Que la carta de Falcón es parte de una estrategia? Seguramente. Pero también es expresión de un estado de cosas. Entretanto, el gobernador ya es directivo del PPT (un partido que es rojo pero azul), y seguirá luciendo sobre su cabeza, ahora más que nunca, alguna flamante gorra del Cardenales de Lara. Lo que no atino a predecir todavía es la reacción de la jefa de mi amigo si le hace llegar el artículo.

jueves, 1 de octubre de 2009

El juego de las palabras


El humor es una actitud ante la vida –si tomamos por actitud a la actitud y por vida a la vida- y el humorismo es el ejercicio más o menos sistemático de esa actitud vital particular, una forma de pensar al mundo y de estimular el pensamiento del otro mediante la diversión.
En ese mismo sentido (el del humor, claro está, en la acera opuesta a la del sentido común), Aquiles Nazoa, poeta costumbrista y humorista, nos dice que “la actitud humorística es siempre una actitud de análisis… El humor lo que hace es provocar el pensamiento analítico… el humor hace pensar y permanece en el tiempo y continúa su efecto. El humor es una manera de hacer pensar sin que el que piensa se dé cuenta de que está pensando”.
Para José Ignacio Cabrujas, irónico y mordaz intelectual venezolano, “el humor es inevitablemente otra manera de amar, de pedir calma, de evadir el grito, el insulto, de soslayar la furia estúpida y ciega. Y mira, quizás sea ésa la definición más acertada que se le puede conceder al humorismo: la de un raro, aunque extraordinario, acto de amor”.
De modo que el humor es expresión reflexiva de la inteligencia, pero también es expresión emotiva de una sensibilidad. Humor es crítica y es amor, veneno y caricia de una pluma empecinada en (re)mover una fibra en el lector, como esa cosquilla que no es necesariamente agradable pero que nos lleva a la risa. Claro que el humor es siempre –o casi siempre- agradable, toda vez que supone formas diversas del chiste, cuyo fin último es el de agradar, hacer reír y sonreír mediante la explosión sorpresiva de un argumento. Hay distinciones sutiles entre humorismo y comicidad, pero es innegable la estrecha relación que pervive entre una cosa y la otra. El caricaturista Pedro León Zapata define al humorista como “un cómico frustrado”, en el sentido de que no tiene como compensación la risa hilarante que espera. Pudiera pensarse, así, que el humor es algo más fino y velado que lo cómico, siendo esto último más bien vulgar y directo; pero no creo conveniente trazar una separación tan marcada entre una cosa y la otra, porque el humorista también busca ser cómico para proporcionar a su espectador o lector alguna razón para (son)reír, sea mediante la burla de otro o de sí mismo, o mediante el placer auténtico que genera el comedido empleo de la ironía, por ejemplo.
El crítico italiano Luigi Pirandello prefiere ser más cuidadoso en la construcción de un concepto de humorismo, preferencia legítima y necesaria. Separa al humorismo –y al humorista- de la risa. Y ciertamente el “cómico frustrado” puede no dar risa, pero cumple su rol de humorista cuando entabla una complicidad con el lector, cuando sugiere un guiño, una picardía, una proposición que supone cierta diversión.
Y es el pícaro, precisamente, una de las figuras más relevantes del humorismo literario, o si no, al menos de las más relevantes muestras humorísticas dentro de mi lectura personal. Por eso el siglo de oro español es rico en obras humorísticas, dado que sus autores expresan en sus obras una manera divertida de reproducir su propia decadencia, su propia inmoralidad, de hacer una afrenta al poder. Así, el Lazarillo de Tormes, novela picaresca por excelencia, puede ser hilarante y siempre es divertida. Quién no siente esa complicidad ante Rinconete y Cortadillo o ante el mismo Don Juan de Tirso de Molina, acaso una modalidad más refinada del pícaro.
Así, en ese mismo contexto de decadencia social, política, económica y moral de un imperio venido a menos lleno de hidalgos venidos a menos, nace el Quijote de Cervantes, novela humorística por donde se mire. La inadecuación de don Quijote y de sus sin pares aventuras (o la ilusión cómica), sus hazañas y miserias, las ocurrencias de Sancho, los juegos de palabras, las reacciones iracundas de la gente, sus burlas, el cinismo de los duques, la vulgaridad de los criados y porquerizos, así como una gran cantidad de episodios son, regularmente, humorísticos. “Nos hace reír Sancho Panza manteado como una pelota”, dice Bergson en su célebre ensayo sobre la risa. Ante esto el lector no puede sino ser cómplice del narrador y experimentar esa rara sensación de agrado.




El humor es juego, y en la literatura es el juego de las letras, de las palabras. Shakespeare es experto en este arte de jugar con los sonidos y sentidos de las construcciones verbales, incluso en sus más oscuras y sangrientas tragedias como Hamlet, Macbeth, ni qué decir de sus comedias, en las que el bufón siempre está, botella en mano, subvirtiendo el orden de las cosas –como buen humorista o partícipe del carnaval bajtiniano- jugando con los dobles y triples sentidos, como el ebrio de Trínculo en La Tempestad.
Quizá Cervantes y Shakespeare, estos autores menores, no sean suficientes pruebas de que el humor es el germen de la buena literatura, pero es así y ha sido así desde tiempos de Aristófanes en que los griegos asistían a la comedia no para expiar su culpa frente al dolor de los nobles, sino para verse a sí mismos, vulgares y divertidos, representados en escena, materializando, claro está, otro tipo de catarsis: eso que Girard llama misteriosamente catarsis cómica.
Si la lágrima es la expulsión orgánica de una emoción, la risa también lo es. René Girard, en un ensayo titulado “Equilibrio peligroso. Una hipótesis sobre lo cómico” concibe a la risa como una forma de catarsis y, además que la única forma socialmente aceptable. “La risa en sus formas menos culturales parece afirmar exactamente, como las lágrimas, que hay que desembarazarse de algo (132). De acuerdo con Girard, uno se ríe cuando se siente amenazado por la posibilidad de estar en el lugar del que es objeto de risa, lo cual explica claramente nuestra actitud ante el sujeto que se cae ante nuestras narices, o cuando vemos tropezarse a Charlot o al Chapulín Colorado, no sus grandes catástrofes sino sus equivocaciones y pequeñísimos tormentos –como el mismo manteo de Sancho-. En el fondo nos aterra estar en su posición pero nos alegra que no lo estemos. Nos reímos ante “el espectáculo de la debilidad humana”.
Sobre la literatura, Girard nos dice que: “Grandes autores, sobre todo grandes novelistas, a menudo llegan a ser sus propios parodistas en sus obras posteriores y desarrollan una vena cómica porque son los mejores críticos de sí mismos” (133). Parodiarse a sí mismo es síntoma de inteligencia, humildad y, desde luego, alto sentido del humor. Hacer humor es reírse de uno mismo, del lector y del otro que está siempre incluido en la primera o en la segunda persona.
Humor hace Teresa de la Parra cuando encarna a una caraqueña sifrinita de los años veinte, escribiendo su vida, su casa, su familia con singular estilo, dibujando y parodiando a su sociedad con mortífera ironía. Humor hace Bryce Echenique con su habilidad para divertirnos con sus relatos, mediante un estilo sabroso y una retórica exagerada en que nos reflejamos como beneficiarios de una misma lengua. Humor hace Vargas Llosa cuando pone en la pluma del capitán Pantoja una serie de tecnicismos militares que plagan de eufemismos la jerga prostibularia, similar a lo que hace el poeta Salvador Novo con sus fascinantes memorias.
En ese sentido -el mismo de más arriba- el humor en la literatura es, sobre todo, un tratamiento particular de la lengua. Es decir, expresión indiscutible de la inteligencia de un hombre cuya lengua lo pone en apuros constantemente. Hacer humor en la escritura es también un mecanismo de defensa. Es, en suma, destilar veneno con un toque de miel y viceversa, o todo lo contrario para ser más exactos. Y no digo más no porque no tenga más que decir. No. Porque si por mí fuera me quedo en la computadora expresando tanta erudición. Sino porque el espacio se me acaba. Se acaba y se acabó.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Sembrar el petróleo

Seguramente hasta el día muerte, Uslar Pietri estuvo pensando en la posibilidad de sembrar el petróleo, una idea que lo signó toda su vida y que de alguna manera lo inmortalizó. En fin, un anhelo.