Mostrando entradas con la etiqueta vehículo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vehículo. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de agosto de 2009

“Me robaron el carro” o la fascinante historia de un venezolano en la decadencia III

Una buena tarde hice los depósitos que había que hacer. Del Seguro me enviaron la planilla de declaración del siniestro por email, la imprimí, la llené y la envié por MRW. La carta del Seguro dirigida al INTT salió al cabo de semana y media. Me la enviaron por email escaneada y la imprimí, pero como eso no era suficiente había que esperar la original. Igual aquella semana era muerta para mí porque me tocaba ir a Tránsito el miércoles y aquel era feriado. Gracias al apoyo familiar con el que he contado pude tenerla en mis manos el siguiente martes en la tarde-noche.
Sabía que debía madrugar al día siguiente. Me pararía a las 4:00am y, nuevamente gracias al apoyo familiar, mi cuñada me estaría llevando alrededor de las 5:00 para estar muy temprano. Bueno, mi poca vocación madrugadora imposibilitó la cooperación de mi cuñada. No le paré a la alarma y tampoco hice caso a las varias llamadas que me hizo al celular. Terminé parándome por motu propio como a las 6:00. La llamé para decirle que no se preocupara que ya a esa hora me iba en carrito. Por fortuna y por los traumas burocráticos previos, me preparé dos sandwishes (sánguches, pues), porqueunonuncasabe… Así salí de mi casa y agarré mi carrito. El sol tenía rato largo asomado,y el bululú de los 3 millones de personas que se pararon antes que yo ya se estaba activando.
Ya había mucho tráfico, mucha gente en la calle, muchas paradas. El carrito que dice “Petare” llegó hasta Altamira, pero bueno, equis, me monté en otro ahí mismo que sí me dejó donde era: Oficina Principal del Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre, La California (frente al Unicentro El Marqués). No me había bajado cuando ya quería devolverme. La cola era kilométrica. Mucha gente adentro, mucha gente afuera, por los frontales del edificio, laterales, azoteas. Pero ya estaba ahí. Eran casi las 8:00. Había que afrontar el asunto.
-¿La cola para el traspaso?
-Esta misma, allá al final –me contestó un funcionario que estaba en la puerta.
Llegué al extremo de la cola en plena Av. Franciso de Miranda, en la acera. Saludé y me instalé en mi puesto. Adelante tenía a un pobre señor que, según me reveló instantes después, venía de Guayana a sacar un duplicado al título porque le robaron el carro y se lo exigían. Mucho después supe que se llamaba Jhonny y otras cosas más. Por los momentos era un ciudadano con una especie de tic nervioso que consistía en entrecerrar un poco los párpados como si enfocara siempre todo lo que veía, incluso de cerca. Así, por ejemplo, me miraba mi sanduchito (el primero porque el segundo debía reservármelo) cuando decidí comérmelo un rato después.
Detrás tenía a un señor un poco malhumorado que cargaba el Sobre horrible blanco, negro y anaranjado (los colores de Condorito) que uno tiene que tener.
-Disculpe señor, ¿dónde consiguió ese sobre?
-Yo lo compré. ¿Tú no lo tienes? Ayyyyyyy, tú tienes que hacer otra cola.
-¿Sí?
-Claro. Aquí ya tienes que tener el sobre.
-Bueno, voy a preguntar… -fui y regresé a mi puesto- El funcionario de la puerta me dijo que no, que eso se compraba adentro.
-¿Te dijo eso? Qué bolas. Esos tipos no quieren trabajar una mierda, no joda @#*&$...
Yo estaba algo desconcertado mientras el señor seguía alterado. Yo entiendo que uno tiene el deber de arrecharse con el sistema, con el país, pero ¿tan rápido? Pensé que el señor tenía algún otro problema o simplemente quería que todos en la cola se fueran a otra cola para que él quedara solito… No sé. Después de desayunarme mi primer sanduchito, pelé por Pedro Páramo que la tenía en el bolso –no se puede salir a hacer un trámite sin buen material de lectura- y me puse a leer recostado a la pared. La cola se iba engrosando y el señor iba contagiando a todo el mundo con su arrechera. Tanto que yo que estaba tranquilito leyendo, empecé a arrecharme también.
-Sí, y así es Cadivi, igualito, y que gobierno electrónico... –empezaba yo a atizar el fuego
-¿Y Onidex? ¡Já! Esa vaina no sirve. Sacarse el pasaporte es imposible –saltaba otro por allá que interrumpía mi lectura.
Minutos más tarde, el pobre guayanés se dio cuenta de que todo el mundo tenía sobre menos él y yo y empezó a preocuparse.
-¿Tú tampoco tienes sobre? Ustedes tienen que hacer otra cola. A ellos les están diciendo que hagan esta cola –ahora dirigiéndose a otros compañeros- y luego los van a poner a hacer otra cola. Es que esto no sirve. Este gobierno no sirve –y continuaba…
Jhonny, el gordito guayanés, fue a ver si en efecto teníamos que hacer otra cola y le dijeron lo mismo que a mí: el sobre se compra adentro.
El señor malhumorado continuaba su mitin:
-Este gobierno va a caer pronto. Ya nadie aguanta esta vaina, etcétera, etcétera.
No es que yo no compartiera buena parte de lo que decía, pero me llamaba la atención la vehemencia de su temple matutino. Y rápidamente me llamó la atención también un detalle en el que no había reparado: llevaba colgado un carnet del Ministerio de Energía y Petróleo. Ahora yo estaba más desconcertado.
Un poco más allá de las 9.00 nos comenzó a moverse la cola y un poco más allá, cruzamos la puerta y nos internamos. Había sillitas de salón de fiesta por todos lados, pero todavía estaríamos de pie un buen rato. Una vez adentro, Jhonny y yo fuimos a comprar el fulano sobre. Fue muy fácil. Cinco minutos después estaba en mi cola otra vez.
-Eso sí está divino –escuché que dijo el señor malhumorado refiriéndose a una de las muchachas que atendía. Se está relajando, pensé.
Así transcurrió un rato largo. Lloviznó pero no nos mojamos gracias al toldo y a una mata de mango. Iba pasando gente poquito a poco. Hasta que logramos sentarnos. La metodología era la de irse rodando en los asientos, como los juegos infantiles en los que uno va rodeando las sillas y alguien va quitándolas una a una. Bueno, más o menos así era la cosa. ¿Cuánta gente había adentro? Yo calculo que millón, millón y medio de personas… En serio era mucha gente porque del otro lado había un lugar con muchas más sillas y mucha más gente.
Eran como las 10:30 cuando salió otro de los funcionarios diciendo con un cantadito un poco atorrante:
-Señoras, señores, tienen que tener muuuuucha paciencia. Ustedes van a estar saliendo de aquí como a las 4 de la tarde…
Los murmullos fueron reacción inmediata. Todo el mundo se alarmó, aunque uno siempre guarda esperanzas. El señor malhumorado me dijo “Ya vengo” y le guardé el puesto en la silla, mientras llenaba los datos del sobre.
Al rato empezaron a chequear los recaudos y mi amigo Jhonny me dijo, casi tembloroso:
-Coño, no me quieren recibir porque y que me falta una carta del seguro
-Ah sí, chamo, la carta que el seguro le manda a Tránsito…
-Coño, y yo vengo de Guayana…
El escenario era cruel para él. Lo lamenté pronfundamente y traté de darle ánimos para que insistiera.
-La solución es que vayas a la sede del seguro en Caracas y que te hagan esto y lo traigas mañana. Plantéales el caso porque a mí me tardó como una semana. ¿Y dónde te estás quedando? –pregunté ingenuamente.
-No, si yo no me estoy quedando. Yo llegué hoy mismo a Caracas y me regresaba hoy mismo pa´Ciudad Guayana. Yo no tengo plata, no conozco la ciudad ni tengo nadie aquí -respondió.
De verdad que se me partió el alma. No sólo lo atracaron para quitarle el carro, sino que le pasa esto. Sentí tanta compasión que le di mi número de teléfono para que me llamara cualquier cosa.
-Suerte –le dije
-Gracias papá. La voy a necesitar.

To be continued again again

viernes, 3 de julio de 2009

“Me robaron el carro” o la fascinante historia de un venezolano en la decadencia

Si pensaba que el robo de una cartera con documentos personales era una tragedia, es porque hasta entonces no me habían robado el carro.
Qué iba a imaginar que aquella tranca del viernes en Plaza Venezuela sería mi última cola en mi carrito. Estábamos él y yo como siempre, -cual don Quijote y Rocinante, el Llanero Solitario y Plata, Batman y el batimovil, Meteoro y su Mach 5- uno aferrado al otro. La cola empezaba en la Avenida La Salle. Los carros apenas se movían. El aire acondicionado enfriaba bien. Había sintonizado los disparates de Erika de la Vega, Ivan Mata y Henrique Lazo. Los carros apenas se dejaban llevar por la gravedad de la pendiente y rápidamente frenaban; soltaban el freno y volvían a hundirlo. Qué iba a imaginar que no volvería a compartir con él una tranca en la ciudad. No es que yo lo humanice, no, pero es que él se hacía querer: los nobles corsas prácticamente se arreglan solitos… Además, si los llaneros le componen coplas a los caballos, uno podría tener un gesto con… De haber lo sabido, habría disfrutado más cada segundo infinito de aquella cola bárbara. El sol se estaba poniendo más atrás de las Torres de Parque Central. Eran casi las 5 de la tarde, las 5:15, las 5:30, las 5:40. Mi clase era a las 5:15. Iba tarde, angustiado por lo poco que me gusta hacer esperar a los demás. De haberlo sabido me habría angustiado menos y le hubiera pasado suavemente un trapito al tablero.
Estaba entrando a la Ciudad Universitaria a las 6:00 de la tarde. Por la prisa, me estacioné en el primer espacio que vi. Y me bajé rápido, casi corriendo, para entrar a mi amada Escuela de Comunicación. De haberlo sabido, habría sido más sutil, quizá me habría despedido con un beso, pero la ignorancia me metió a empujones en la Escuela. De haberlo sabido, habría volteado la mirada y le habría dedicado algún gesto, seguramente.
Luego de la clase y de esperar a que el último alumno entregara su práctica, salí del salón cerca de las 8:30, acompañado por una alumna a la que iba a darle la cola –de haberlo sabido no se la habría ofrecido- y acaso emocionado por algún viaje inminente a la playa. Bajé las escaleras, salí a la puerta y le indiqué a mi alumna que el carro estaría por allá… ¿por allá? ¿y el carro?... pero si yo lo había estacionado ahí… pero ahí no está… Ya va. Ya va. Ya va… Y me iba acercando hacia el puesto vacío, supongo que con la ridícula esperanza de que reapareciera como por acto de Copperfield. Y aquel indescriptible frío en el estómago… ¡Ahhh! Me robaron el carro. ¡¡¡Coñuelamadre!!!
Al cabo de unos minutos, gracias al apoyo simbólico y logístico de mi mamá, mi novia, mi hermano y del novio de mi alumna –que es amigo mío- estaría en una oficina del CICPC, la División de Vehículos de Quinta Crespo. Dos o tres policías adentro. El televisor encendido a todo volumen, sintonizado en una telenovela. Okey, uno no espera que estén viendo CSI ni Medical Detectives, tampoco alguna ópera en Film&Arts, pero, no sé, podrían haber estado viendo cualquier otra cosa… Pero no. Veían un culebrón con toda la atención del mundo. Hasta intercambiaban impresiones sobre la trama. Me sentí en Springfield. Sólo les faltaba comer donas... No llevábamos ni dos minutos cuando comprendimos el placer exacto que un policía experimenta al decir “espere ahí sentado”.
Debe haber pasado más de una hora, cuando uno que había estado refunfunñando porque un denunciante había dicho "robo" cuando era "hurto", me gritó desde su escritorio. “Pana, pasa”.
El postín era inclemente. Debía tomarme la denuncia. El policía miraba el monitor y de vez en cuando pulsaba con el índice alguna tecla. De pronto empezó a preguntarme cosas y yo a contestar. Le sonaba el celular y lo atendía. Proseguía el interrogatorio. Prácticamente no escribía nada; parecía que sólo borraba cosas. Luego, cuando me mostró el acta que yo debía firmar, o mejor dicho “la ciudadana Ricardo Andrade”, noté el reflejo de su poca dedicación. Me había preguntado:
-¿El vehículo tenía alguna marca que lo distinguiera?
-Ehhh, no propiamente. Bueno, tenía el papel ahumado vencido, abombado en el vidrio de atrás… Le faltaba el tubo de escape…
En el acta decía: “Se le preguntó si el vehículo tenía alguna marca que lo distinguiera a lo que el denunciante indicó que no”. Le hice ver al policía algunos detalles y me dijo que nada de eso importaba, que firmara. Al cabo de mucho tiempo, imprimió otro par de copias, me hizo poner mis huellas. Anotó en bolígrafo el número del expediente y me dijo que debía regresar el lunes para consignar los papeles y retirar la denuncia.
-Pero yo aquí tengo los papeles…
-Pero es que son copia de cédula y copia de documentos del vehículo
-Bueno aquí tengo todo eso, ¿ustedes no tienen una fotocopiadora aquí? –pregunté iluso.
- No, vente el lunes.
Era nuevamente un peatón, un flaneur forzoso y forzado a disfrutar de las bondades una ciudad que, de paso, es siempre hospitalaria con sus peatones. Aquel lunes en la tarde tenía una entrevista en al Universidad Metropolitana que, como saben, no queda muy al alcance de casi nada. Así que en la mañana me monté en una camionetica de la línea San Ruperto y así llegué al CICPC de nuevo. Ahora sí había mucho movimiento. Al cabo de unos ligeros maltratos me dieron mi denuncia y me encaminé a la casa para almorzar y salir a la Metropolitana, ahí mismito en el polo este de la ciudad. Me suspendieron la entrevista con una llamada cuando ya estaba bajando las escaleras del Metro.
De cualquier modo, tengo dos alicientes: el primero es que no me atracaron ni me mataron malamente; el segundo es que el carro estaba asegurado. Pero por eso es que la aventura debe continuar, porque consignar todos los recaudos ante el Seguro también puede ser una fabulosa aventura, que no se puede perder…


To be continued…